Entrevista por Emiliano Valdés
Febrero 2015

El trabajo de Alberto Rodríguez Collía es un retrato honesto y exhaustivo de la sociedad guatemalteca, desde el lenguaje habitual de sus periódicos amarillistas hasta la imagen proyectada por la televisión nacional durante los años más violentos del conflicto interno armado. El artista mezcla, sin solución de continuidad, referencias de las llamadas alta y baja cultura y de múltiples disciplinas (el cine, la historia, los libros, la música, etc.) para hablar de un país que no es sólo el de la eterna primavera, como el instituto nacional de turismo proclama. Grabador, director de arte, DJ, artista y diseñador, entre otros, Rodríguez se alimenta de las distintas prácticas para hablar de un contexto y un quehacer difíciles de describir.

Conceptualmente, Rodríguez Collía trabaja desde y en situaciones que le entusiasman, de temática y contexto varios, y se ve influenciado por la manera de acceder a la información en internet: aleatoria y casi compulsiva. Cuando siendo niño leía las enciclopedias, se asombraba al ver cómo el orden alfabético mezcla cosas dispares. La mezcla, el caos, y por lo mismo el collage –en papel y video–, son estrategias y medios que subyacen a toda su producción. Dj Spooky, en una conferencia, mezclaba información dispar imitando el "caos" en el que uno suele recibir la información (pasaba de hip-hop, a hablar de algún filósofo alemán del s. XX, a un filme de los 70´s a un científico italiano del s. XIX). El contraste inmediato, la comparación de unidades discursivas genera una estructura y un modo de acercarse a la obra que da fuerza y autonomía a sus trabajos.

El acervo de referencias de Rodríguez Collía se constituye y amplía mayoritariamente con referentes de fuera del espacio “arte.” Una influencia reciente es Michael Faraday, su experiencia empírica, su búsqueda creativa a prueba y error en su laboratorio, y su tenacidad. “No tengo ni idea de cómo pueda influenciar en mi producción, pero es una figura que admiro, posiblemente por la pasión que entregó a sus proyectos persiguiendo ideas abstractas,” dice. El músico de sampleo estadounidense Girl Talk es otra figura importante. El placer al hacer música que Rodríguez Collía percibe en sus mezclas se convierte en referente metodológico de su propia producción artística.

Influenciado por la gráfica desde una temprana edad, el proceso (químicos, métodos, disciplina, accidentes, etc.) y la "magia" de la bidimensionalidad, (“cómo algo plano que ocupa poco espacio puede contener una imagen que tiene la capacidad de influenciar fuertemente a personas que la aprecien”) forman parte intrínseca del modo de operar de Rodríguez Collía.  A esto se añade una pasión y estudio sistemático de algunos de las producciones editoriales más importantes de la historia: El Sutra del Diamante, el Libro de Kells, los incunables, etc. Los libros lo fascinan: su estructura, ritmo y narrativa, que construyen a través del collage y siguiendo el efecto Kuleshov del cine, también son incorporados o extrapolados en su proceso creativo. La actitud punk de los fanzines y publicaciones de bajo costo terminan de armar su panorama de influencias gráfico.

En palabras del artista: “me gusta trabajar con archivos (imágenes, sonido o de vídeos), [pues] contienen una abundante cantidad de información y son valiosos al investigar épocas específicas en la medida en la que son ese reflejo de la época en la que fueron creados. Continuamente consulto hemerotecas (físicas o virtuales) y otros tipos de archivos. En el caso de los periódicos amarillistas, surgen por el interés de una parte considerable de la población, y en los casos más extremos, representan un termómetro importante del imaginario de la sociedad, de la población media.”

Rodríguez Collía responde a su contexto inmediato pero alejándose de todo lenguaje críptico. Con el tiempo, el arte ha ido desapareciendo en función de la vida cotidiana como componente principal de su trabajo, un testigo de situaciones absurdas, lúdicas o sórdidas que lo acompañan cotidianamente. El artista funciona a modo de espejo que devuelve una imagen incisiva de la realidad en la que se sitúa. En relación a Guatemala, donde vive y trabaja, Rodríguez Collía se interesa por la dualidad que se vive en el país con la manipulación mediática (intensificada durante el Conflicto Armado Interno 1960-1996) y en cómo convergen diariamente situaciones contradictorias que envuelve al ciudadano en una especie de “limbo social, cultural y político”.

Fundamental tanto en su vida como en su producción simbólica, el cine es para Rodríguez Collía un proceso de formación continuo y ha sido un vehículo por medio del cual ha trabajado también en la gestión cultural, curaduría y dirección de arte. Ejemplar de este aspectos son sus colaboraciones con el cineasta guatemalteco Julio Hernández. Además ha estado al frente de varios festivales y programas de cine independiente en el país. “Siempre hay filmes que regresan a uno, casi como una influencia continua, no literal si no en la libertad de tomar decisiones,” dice.

Alberto Rodríguez Collía es un canal directo al pensamiento de su generación y a la relación que ésta tiene con la conciencia de devenir histórico: “creo que la mayoría de los artistas de mi generación es consciente del contexto político del país pero pocos lo abordan en sus obras y eso depende de la época que nos ha tocado vivir en la que ha prevalecido el desencanto político.  Son temas que han sido tratados ampliamente por generaciones anteriores. En los casos en los que lo abordan, la forma tiende a ocupar el mismo lugar o uno mayor que el contenido mismo. No solo hay un inevitable cambio generacional, sino también de era, de ahí que posiblemente la ruptura cada vez sea mayor.”

Compleja pero con claridad discursiva, la obra de Rodríguez Collía se sitúa en un espacio intergeneracional en el que recurre al pasado pero firmemente anclado en el presente. Con una curiosidad incansable y con una capacidad singular para manejar y mezclar información de distinta naturaleza, la obra de Rodríguez Collía son combinaciones de imágenes, tiempos y disciplinas que hablan de una realidad muy actual.


Subrayado de Flusser después de ver Siempre juntos (ejercicio de apropiación)

-Rodrigo Rey Rosa-

Se trata de guardar la información adquirida en forma de memorias, y de seguir alimentando estas memorias con información reciente y, así enriquecidas, retransmitirlas.

El problema central de la memoria es el problema central del arte, que, básicamente, es un método de fabricación de memorias artificiales.

Y sin embargo, el error risible que está en el origen del arte humano no es sólo ridículo—en la medida en que somos capaces de reír—sino también algo que merece ser debidamente considerado.

Todo objeto es insidioso y se opone a que lo moldeemos por su calidad de inerte...  Así comienza la retroalimentación entre objeto y ser humano, es decir: la historia del arte.

La información que ha de transferirse ya no se fabrica con instrumentos de acero, sino que se manipula simbólicamente y por tanto, inmaterialmente, con ayuda de la inteligencia artificial.

Quienquiera que no dé con su oficio vive un vida falsa.

Así como los escultores trabajan el mármol, los artistas de la nueva especie cincelan el cerebro de sus receptores.  Su arte no es objetivo sino inter-subjetivo—no pretenden perdurar en las obras de arte sino en la memoria de los otros.

Se trata de una violación del otro, para inmortalizarse en el otro—el arte como estrategia de violación, de odio; el arte como engaño, como simulacro, como mentira; el arte como espejismo, y, por tanto, como “belleza”, y todo en una atmósfera de orgasmo.


-Julio Hernández Cordón-

De facciones delgadas, perfeccionista, curioso, investigador, provocador, artista, melómano, inconforme, de voz baja y hablado entre dientes. Alberto Rodríguez Collía es uno de los tipos más informados, creativos que conozco, además de ser crítico de arte contemporáneo en Guatemala. Siempre de bajo perfil, nunca se hace notar por su manera de andar,  no necesita hablar mal de alguien para hacerse presente, más bien es su trabajo el que habla. Lo conozco bien. A pesar de la brecha generacional entre nosotros para mí es mi colega, alguien con el que aprendo y razono. Algo que agradezco que me suceda en Guatemala. Es de las pocas personas que extraño. Hemos trabajado juntos en películas mías: Hasta el sol tiene manchas y en Ojalá el sol me esconda. Constantemente intercambiamos información, nos consultamos, hablamos de lo íntimo y de lo que nos duele. Tipos para hablar de todo sin pretender nada. Qué se puede pretender en Guatemala, si lo único válido es hacer dinero explotando al más jodido o tirar ponzoña por no compartir ideas o para estar presente en un lugar que sólo existe ahí.
 
Lo que puedo asegurar acerca de Alberto Rodríguez Collía, es que lo vital de él es su obra. Piezas que enmarcadas en una mirada de desolación, humor y pulcritud por el trazo, por el recorrido de una mano que deja una especie huella en el papel. Como una avalancha lenta que deja marcas de lápiz o tinta, así es, una avalancha que a los lejos se ve hermosa, en la que se distingue la furia con que se desplaza, el polvo o ruido que ocasiona y nos damos cuenta que hay peligro y que le golpe va lesionar o por lo menos será contundente. Las piezas de Rodríguez Collía son eso pero a la vez un elogio a la desarmonía, donde lo feo es bello pero no hablo de esa belleza que sirve para la decoración, la belleza que menciono tiene que ver con la mirada y las emociones con las que se está creando, con la sinceridad y rabia para describir el espacio que incomoda y duele. También al ver trabajar de Alberto me recuerda esos recorridos de los caracoles en una banqueta, que marcan su viscosidad y humedad el concreto. Rastro que si uno lo toca parece un moco aguado, líquido que para algunos podría oler a algo pudriéndose o materia descompuesta. Pero esa viscosidad brilla en el sol, crea reflejos, perdura y sobre todo el caracol cuando se mueve lo hace lento y protegiéndose. Alberto Collía es sumamente perfeccionista al trabajar, se protege, analiza y estudia cada vez que tiene que hacer una línea. Pero lo potente de ese trazo es que da la impresión de ser una línea continua y en donde los detalles nos hacen pensar que el error no existe y si en caso existen éstos son parte de la estética.

Su trabajo es un tumulto, motín, bochinche que representa la realidad sin la intención de ser hiperrealista, es una realidad distorsionada por la poca armonía que la ensucia, que provoca una sensación incómoda pero a la vez de admiración por presenciar obras con una sutileza e, insisto, perfección o amor a la creación artística. La obra de Alberto la siento muy cercana, es como el cine, utiliza la realidad sin preámbulos, la justificación es dialogar o presentar historias, en el caso de él nos presenta historias y atmósferas, igual que en el cine, coincido con él que lo hace no pensando en nadie más, en mi caso tampoco pienso en el público. La diferencia  entre ambos es que Beto es más teórico, más enciclopédico, es más conceptual, suele trabajar de mejor manera la irrealidad del efecto espacial y convertir los detalles en objetos. Rompe la realidad al interpretándola y apropiándosela, manchándola pero a la vez la acaricia. Suena extraño pero eso existe. Su trabajo no es un provocación, va más allá de ladrar y hacer enojar a su alrededor como sucede en Guatemala. Siempre nos presenta espacios no percatados.
La obra de Beto está presente pero a la vez no. Es como él, le huye a los reflectores, sus piezas son para dialogar a solas, para revisar nuestro espacio o el espacio que compartimos con él. Son bochinches sin el ruido de las sirenas de la policía y sin disparos al aire. Sus tiros entran sin que nos percatemos en que momento nos lesionamos. Dejan un herida, como la herida que tiene él por estar en Guatemala.


Viernes por la noche en Machida

Entrevista de Ben Davis y Naoko Horiuchi (AIT).

AIT: Nuestro taxista está confundido, el estudio (Kawara Printmaking Laboratory) donde Alberto (Beto) está trabajando no se ha registrado en su GPS, y mientras nuestro taxi circula por las estrechas calles de Machida, dice que nos llevará a una tienda de abarrotes cercana. Desde allí caminamos por una calle que debe estar tan oscura como en cualquier otro lugar de las veintitrés distritos, es más tarde de las 8 p.m., sin embargo, todos siguen trabajando en el estudio. Al comenzar nuestra entrevista, Beto continúa preparando otro grabado, contándonos la historia de un hombre que una vez terminó mil impresiones en una semana.

ARC: Tú vienes aquí y te das cuenta de que todo es muy pacífico. Tal vez es solo mi vecindario, pero cuando entras al metro, la gente está realmente callada y nadie habla en su teléfono celular, eso es realmente extraño. Puede ser pacífico, pero a veces puede ser algo triste porque si vas a México, Brasil o España, ves cosas mucho más animadas en el tren, gente hablando, mostrando emociones, pero aquí la gente realmente se muerde la lengua. En español decimos “morderse la lengua”. Cuando viajas en el tren, generalmente si a un chico le gusta una chica, se mirarán entre sí, pero aquí todas las personas están usando sus teléfonos celulares, leyendo, durmiendo o simplemente tratando de no mirar a nadie, lo cual es una gran diferencia . Creo que en Tokio puedes usar el tren y los autobuses, ir a algunas tiendas y, sin embargo, estar perfectamente aislado por la forma en que las personas interactúan.

ARC: Hay dos historias en mi trabajo: una en Guatemala y otra en Tokio. Me gusta usar cosas que chocan, entonces reúno todas las cosas que veo, oigo o descubro y luego juego con ellas. Lo que más me atrae es lo más extraño, ves tanta gente aquí “a la moda” y trata de vestirse bien, y a menudo hablamos de un estilo japonés excéntrico, pero lo que es realmente especial, y lo que me gusta ver son personas que son todo lo contrario. Me gusta ver a estas personas porque son raras, no porque sean extrañas, sino porque nunca las has visto. Vi a un hombre escupiendo dentro del tren y pensé, "¡Eso no es japonés!", y es un tipo de inadaptado al que le presto atención. Había otro tipo en el tren que era un poco calvo y por eso se había pintado la cabeza. Pude identificarme con él porque era calvo, pero pensé: "¿Qué estás haciendo?": En Guatemala, las personas no se pintan la cabeza, tienen “préstamos”.

ARC: Cuando fui a cambiar dinero, vi que la mujer del mostrador tenía un lápiz y un papel, y cada vez que los usaba, los volvía a poner en el mismo lugar, era como un ritual. Debido a que hay demasiada gente aquí, debes usar el espacio muy bien y ser más consciente al respecto, mientras que en Guatemala invadimos el espacio de los otros todo el tiempo y, aunque a algunas personas no les importa, a algunos sí.